La victoria de Platense de ayer por 2 a 0 ante Villa Dálmine dejó algunas cuestiones para analizar. Una de ellas, la actuación del mediocampo y el jugar sin un referente de área.

DAL 27
Se sabía con anterioridad, pero había que esperar los actos para observar como se iba a acomodar el equipo, como se pararía, se amoldaría y quien tomaría ese rol de protagonista de área.

En el esquema de Sebastián Méndez, el dibujo del mediocampo varió con respecto al encuentro pasado. En cuanto a nombres, Jonatan Páez tuvo la responsabilidad de ser el volante central con más marca de equipo. Cerca de él, Nahuel Pansardi se paró sobre la izquierda como base, pero luego se movió libremente por el campo para ayudar a armar el juego o para marcar o relevar a algún compañero. A la derecha pero también de forma libre se paró Patricio Rodríguez, para cerrar el bloque defensivo. El «Pato» varió el trabajo entre bajar pelotazos, marcar en el medio para crear momentáneamente un «doble 5» y animarse a atacar cuando recibía en tres cuartos de cancha para adelante.

Extendiéndonos un poco más en el terreno, aparecieron los cambios más rotundos: Luis Quiroga se adelantó unos metros para pararse de «7» con responsabilidad de retrasarse un poco para colaborar con la creación. Por el otro lado, y también adelantado unos metros  tuvo su lugar Walter Ortíz. El «Mono» con la habitual tarea de desbordar y llegar hasta el fondo volvió a estar a la altura de la circunstancias, encarador, rápido y con sacrificio. El último componente de este ataque fue Facundo Melivilo, él se encargo de hacer la tarea del «9». Sin conocer bien el puesto, supo como ingeniársela para soportar las patadas y tener un buen partido.

A medida de que el partido corría en minutos, la mitad de la cancha mutó y se asentó.  Igualmente, la tranquilidad era una adjetivo correcto para definir su postura. El inicio vio a Dálmine como dominador y por eso Méndez tuvo que recurrir a un dibujo no deseado: 4-5-1 para aguantar. Aún así, pasó el sacudón y poco a poco el equipo creció y pasó a dominar el pleito. Las primeras dos chances dejó en claro que faltaba algo, un 9, ya que Paéz y Quiroga llegaron hasta el fondo e hicieron lo mismo: tiraron el centro rasante que caminó por el área y no fue alcanzada por ningún jugador. Parecía que el equipo jugaba para alguien que ya no estaba, como de memoria sin entender que había una ausencia.

Un tiempo después, el dominio Calamar era absoluto. Ortíz estaba intratable, Rodríguez muy sobrio, Quiroga explosivo y Melivilo luchador. Aunque faltaba el gol, hueco que se iba a llenar a los 37 minutos de la primera parte, cuando Pansardi se fue por la izquierda, frenó y lanzó un centro certero a la cabeza de Melivilo que no falló y decretó el 1 a 0.  El «Negro» tuvo un partido especial, muchas veces hizo lo que hubiera aprovechado mucho un delantero de área, ya que se corría de la defensa y sacaba el centro para alguien imaginario, allí aparecían a veces Rodríguez, Quiroga y hasta Morgantini para improvisar como el «9» de área,  cosa que no servía. Aparte no estuvo muy cómodo Melivilo por los machucones con los que terminó, tuvo un partido aparte con Rubén Zamponi, central del «Viola, que lo agredió varias veces sin pelota.

La segunda parte encontró un mediocampo un poco menos equilibrado, por eso el «Gallego» Méndez metió mano allí. Rodrigo Pepe y Pablo Ruíz fueron los que ingresaron para reforzarlo, por Páez y Quiroga. Poco a poco el «Calamar» se encontró en una situación en la que casi no tenía una circulación tranquila del balón por el medio, ya que todo era de ida y vuelta. Apostaba a la contra, medio por el cual contó con varias chances para abrir el marcador. Eso recién lo consiguió a los 47 con un zurdazo de Rodríguez que entró pegada al palo zurdo de Agustín Gómez.

Así el «Calamar» se alzó con la victoria, casi sin delanteros. Con mucha verticalidad por los costados y con mucho sacrificio e improvisación. Aún así al equipo se lo vio más rápido que nunca y con una movilidad peligrosa para cualquier rival. A seguir aprovechando las virtudes y a seguir corrigiendo errores.

Por Ignacio Zabalza

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