Se sabía difícil o hasta previsible. Lo que no se sabía era la forma, tan burda, tan chata, tan conveniente. Platense cayó ante River Plate en la “remake” del Clásico de Nuñez pero lo hizo de pie, sin dobleces, jugando a su fútbol, aun ritmo inferior al del jerárquico rival que no mostró demasiadas diferencias durante los primeros cuarenta y cinco minutos de juego y que en el complemento se aprovechó del decaimiento moral producido por el conocimiento de la situación de salud del por demás entrañable y querido Facundo Curuchet. Fue demasiado, en todos los sentidos de la palabra.


Porque el fútbol no deja de ser, además de un deporte, un estado de ánimo. Ese que llevó al once de Fernando Ruiz a correr cada espacio del terreno de juego durante un tiempo, ganándole el mediocampo al equipo comandado por veteranos de mil batallas, jugadores con nivel de selección nacional, tales como Leonardo Ponzio o Enzo Pérez. El que no se refugió en su área, el que intentó desbordar por el sector del terriblemente bajo Milton Casco, o el que buscó aprovechar el factor sorpresa con aquel remate apenitas desviado y “de primera” de Daniel Vega. Porque Platense atacó lo que pudo. Y porque River no llegó más que su rival, merced a un par de cabezazos de Lucas Pratto o de un mano a mano de Lucas Boyé soberbiamente rechazado por el gran Jorge De Olivera.

El segundo fatal del partido para el “Calamar”. El pie derecho de Curuchet allí mismo se doblaría hacia adentro, fracturando su peroné.

Pero River Plate fue, es y seguirá siendo el “Poderoso” en esta historia. Ya lo era cuando nos sacaba a Vernazza para entregarnos lo que iba quedando de sus viejas glorias, ¡miren si no lo iba a ser ahora! No necesitaba apelar a la (buena) suerte, tenía por seguro que cualquier cosa “rara” que pasara en el área del rival de turno iba a ser convenientemente ajusticiada, algo que también padecen los “partenaires” de esta aberración comercial que se ha dado en conocer como “Superliga” y algún que otro equipo de “clase B” de la órbita internacional (hasta que se choca con algún “clase A” y se equilibra la fuerza del universo riverplatense, más acostumbrado al éxito de cabotaje que a la representatividad victoriosa de nuestro fútbol en el ámbito internacional) Quizo el irregular césped de la “Fortaleza” cobrarse como sacrificio de la Diosa Fortuna al tobillo derecho de nuestro superlativo valor Facundo Curuchet, el mismo que ya había avisado en los primeros minutos que Casco, Pinola y compañía la iban a pasar realmente mal con su presencia por los límites del terreno de juego. Se fracturó en el minuto 15. Sus compañeros no cayeron en la cuenta, o no se lo permitieron. Pero el partido se ganaría y se perdería en el vestuario. Así sucedió.

Facundo Curuchet se toma la cabeza porque sabe lo que le ha pasado. Es la segunda lesión similar en su carrera, la anterior sufrida durante su evolución en Colón de Santa Fe. Serán meses de dura rehabilitación, tanto física como mental, para la Gran Apuesta de este proceso dirigencial

El “Napoleón Riverplatense”, visiblemente preocupado, lo entendió todo y planteó su nueva estrategia basándose en la desgracia que Platense terminó padeciendo. Apostó al decaimiento moral de los dirigidos por Ruiz, que seguramente se empaparon de la situación de su compañero caído, y ya no fue lo mismo. Tuvo que sacrificar a Nacho Fernández y a Ignacio Scocco. Desde el banco vinieron los goles y desde la afinada observación de Penel sobre nuestra área, los penales que los posibilitaron. Porque si bien River llegó, fue un vendaval de aire fresco que le proporcionó durante breves instantes el ingreso del ex Gimnasia de La Plata. ¿El resto?: la inocencia de un Bocchino que apeló a la innecesaria brutalidad ante el torpe de Borré, que de no mediar la pierna elevada y el impacto en su rostro se hubiese perdido con la pelota y todo por detrás del límite del terreno de juego, y el desgraciado “postre” en la “mancha pelota” de un excelente Nahuel Iribarren barriendo el piso para intentar impedir un asqueroso remate del ex Newell´s Old Boys que se estrelló en el palo derecho de De Olivera para luego dirigirse hacia las manos del misionero golero como solicitando la necesaria redención por semejante aberración.

Antes de eso, lo que nunca se ve: el show de agarrones de Pinola y Maidana en su área sistemáticamente y en cada pelota parada, la mano del chico Ferreyra -tan poco intencional como la de Iribarren pero más visible-, y la infracción en el borde interno del área sobre Amarilla. “Siga, siga”

Como corolario, y cuando se iba 0-0: Enzo Pérez cediéndole el lanzamiento de un tiro libre directo que normalmente debería ser gol al chico que cumplía años en la noche de anoche. Subcampeón del mundo (con la Selección y con Estudiantes de La Plata), aceptando que no había con qué y tirándole la responsabilidad al chico, que hizo lo que hacen los chicos que prometen mucho pero que no demuestran estar para mucho más.

Contra eso perdió Platense. Un River Plate que se animó a dar seis pases seguidos para que su enmudecida hinchada digiera “presente” a los 39 minutos de la etapa complementaria, cuando el partido ya se encontraba definido. Un equipo que recuerda -y mucho- a aquellos que posibilitaron hace ya largos diez años que la pesadilla del descenso se hiciese presente. Porque River lleva dos campañas mediocres, y en la presente no parece querer hacer mejor las cosas, encandilándose con las distracciones que generan las copas cuando en realidad no se tiene tanto con qué, soberbia que puede llevarlo a un nuevo desastre futbolístico más temprano que tarde.

Pero ese es problema de River Plate. El de Platense, el de Fernando Ruiz, será el de encontrar un remiendo físico, táctico pero sobre todo anímico para la seguidilla de partidos que se vienen en la “B” Nacional. No va a ser fácil en esta terrible apuesta dirigencial tratar de reemplazar a un jugador al que uno le lanza una pelota desde cuarenta metros y siempre la gana. Se asoma como natural sustituto Cristian Amarilla, más bien por su velocidad que por su estilo de juego, el cual es más “calesitero” (en el buen sentido de la palabra) que encarador. También habrá que replantear el trabajo defensivo, donde vuelven a destacarse la solidez de nombres como Iribarren e Infante, pero donde colectivamente se siente que sería hora de descansar a Bocchino e ingresar a Luciatti, jugador por demás rápido y portentoso, con quien el ex San Lorenzo podría entenderse mejor a la hora de las idas y las vueltas, y que a la postre cuenta con mejores recursos técnicos que el santafesino.

Por fuera de ello, la sensación de reafirmar lo previo. El Regreso del Clásico fue un paso más para concretar el Regreso al Hogar Futbolístico de Platense. La gente acompañó de manera conmovedora, armó una verdadera fiesta, sintetizó la grandeza del Sentimiento Marrón y Blanco y se brindó su espectáculo y reconocimiento a los jugadores que dejaron todo, pero todo, en el verde césped. Derrota con sabor victoria, y una victoria más que distrae de los verdaderos objetivos.

El nuestro, por ahora más inmediato, se llama Deportivo Morón, y únicamente el Deportivo Morón.

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